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    junio 12, 2009   18:55

    En momentos difíciles y cuando el mundo se viene abajo (metafóricamente hablando, claro) lo que siempre me sostiene y mantiene es pensar en la familia. Se me viene la nostalgia por los ojos y grandes goterones caen de ellos pensando que a 500 kms de mí están los seres más maravillosos del mundo, los más importantes de mi vida, los que, justo en estos momentos empiezan a extrañarse con locura, los que uno quisiera tener al lado, los que se sienten en el alma.

    Diana acaba de decirme que soy terca y que además, cuando tengo problemas me encierro y no puedo evitar una sonrisa un poco malvada al pensar que es tal vez, el rasgo más característico de Orfilia (luego de su increíble soberbia por supuesto) y recuerdo una vez más de dónde vengo, lo que soy y de lo que estoy hecha.

    Uno despotrica mucho de la familia, yo despotrico mucho de la mía, pero lo que siento cuando estoy con ellos, cuando los veo, cuando los siento...ahí es cuando uno entiende por qué el hogar recibe ese nombre y por qué como la casa no hay dos. De nuevo me siento yo, soy yo, puedo ser yo y me libero porque al igual que yo, ellos se parecen a mí porque yo vengo de ellos y soy su propia construcción.

    Justo ahora quisiera estar en casa, aunque fuera un pequeño pedazo de ella, porque estar en casa me da la fuerza que necesito para saber que lo que estoy haciendo está bien, que voy por el camino correcto y que aún, si voy hacia atrás, hacia un abismo, habrá quien no me deje caer o en el peor de los casos quien me reciba abajo.

    Ahora extraño mucho a los viejos ¿qué harán solos, a esta hora en el otoño de sus vidas?

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      06:50

    Ya lo sabía yo, aún desde mucho antes de que Serrat también lo dijera, por eso, a mí también me dan risa y me dan lástima...a esos chulapos del gazapo, a los macarras de la moral.





    junio 04, 2009   17:26

    Nota: Lo aquí escrito es enteramente personal, producto de una reflexión del alba durante mi viaje a Mosquera.

    Llevo algo más de una semana sin mi MP3. La razón, mis audífonos caducaron. Desde el año pasado, cuando mis viejos Aiwa dejaron de funcionar, hasta la fecha he tenido al menos 3 pares de audífonos. Mis pequeños Aiwa me acompañaron durante toda mi carrera universitaria y un poco más con un sonido –debo decir- único; aunque eran pequeñitos y cabían perfectamente en mi oído su sonido era potente y claro. Luego, han venido una serie de audífonos desafortunados que he ido botando; algunos hasta trataron de ser arreglados por uno de los operarios eléctricos de la empresa donde trabajé, pero el trabajo quedó mal realizado, así que su destino fue la caneca de la basura. Éstos últimos los compró mi mamá hace un año más o menos (no lo recuerdo bien) y a los chicos del colegio donde trabajo les gustaban bastante, aunque desde hace algún tiempo solo venía funcionando un lado: el izquierdo.

    Así sin audífonos, he tenido que someterme a toda clase de sonidos, desde los más bonitos y agradables mañaneros –muy mañaneros-, hasta Radio 1, música cristiana etc. Sin embargo, la mañana del martes rumbo a Mosquera, fue la que me llevó a escribir esto, porque me di cuenta que en realidad ni siquiera estaba tan pendiente de la música o de lo que sucedía alrededor, estaba absorta en mí, viendo por la ventana, pero con la imaginación más allá de la galaxia más lejana. El día anterior habíamos tenido un accidente y yo ni siquiera me había dado cuenta por andar pensando en…no sé, lo que hubiese sido.

    No es la primera vez que me pasa, pero así como a algunas personas les viene bien pensar en el baño, a otras con un cigarro y un tinto en la boca o después de haber hecho una toma de yagé o fumado un “bareto” a mí me viene de maravilla pensar mientras camino o voy montada en un bus y sin mis audífonos. No supe en qué momento de la vida, la música portátil se convirtió en una necesidad para mí; es más, ahora que me dedico a pensar en ello, nunca lo ha sido realmente, se ha convertido en un sofisma de distracción.

    Yo soy bailarina por naturaleza y muy sensible a los sonidos. La música existe en mi vida desde antes de nacer y he crecido en un mundo musical y reacciono con mucha celeridad frente a los sonidos que me agradan y desagradan, la música es parte importante y fundamental de mi vida. De hecho, cuando era adolescente y estaba en el colegio, dormía con música toda la noche. Y aunque como es lógico suponer, la música altera mis estados de ánimo y los moldea algunas veces para bien y otras no tanto, ese martes en la mañana me di cuenta que también me distrae –lo que no significa que sea malo-

    Esta semana sin audífonos ha sido maravillosa, he vuelto a pensar en mí y conmigo, mi imaginación ha vuelto a renacer y mi mente ha vuelto a excitarse, tengo la oportunidad de estar conmigo de nuevo y recordé por qué es que me gusta caminar, sola, ligera y sin ruido, al menos uno claro que me acompañe durante mi trayectoria. Las mayores decisiones de mi vida, las más fundamentales, las más importantes, las que me han estado a punto de volverme loca, las que no me dejaban dormir, las que se repetían una y otra vez en mi cabeza, las que necesitaban cabeza fría; las tomé o caminando o montada en un bus sin mis audífonos porque había tenido la oportunidad de pensar –o cavilar que creo que es mejor. Precisamente por eso es que me gustan las noches –que justo ahora me son esquivas porque debo dormirme muy temprano-, porque en las noches mientras todos duermen, la calma y el silencio despuntan y las sensaciones, percepciones y miradas de las cosas que uno ve en el día son otras pero además, se siente, percibe y miran otras que pasan por alto en el día. Las noches, también son mis fieles cómplices en el arte de pensar, bien sea para pensar por pensar, para escribir, para leer, para organizar una idea, para soñar, para encontrarme. Ahora tiene más sentido lo que mi abuela y Placido Domingo dicen: “las discotecas no se hicieron para hablar”.

    Siempre estoy escuchando música, mientras hago oficio, mientras leo, mientras trabajo en el PC, cuando cocino, camino a algún lado, inclusive cuando duermo, la música ilumina mi vida, le da brillo y fuerza. Sin embargo, cuando no la tengo mi cuerpo experimenta una increíble sensación de paz, sosiego, de tranquilidad y de un placer infinito. Sola, en el apartamento puedo hacer este ejercicio cuantas veces quiera. No TV, no equipo, no PC, no teléfono, no grabadora, no MP3. Sólo el ambiente y yo. Y además de poder pensar, escucho una cantidad enorme de sonidos increíbles que había pasado por alto, hasta puedo oír a mis vecinos del edificio de enfrente. Y también miro cosas, no sólo las veo, cosas que a lo mejor han estado ahí y que jamás había reparado en ellas.

    Ese martes en la mañana pensé, que tenemos miles de cosas alrededor muy útiles: la TV, internet, los dispositivos de música portátil, celulares, palms, computadores, radio, prensa, revistas etc, pero también pensé esa misma mañana que definitivamente detesto la contaminación auditiva y ahora encontré una razón más, o tal vez la verdadera razón. Una amiga mía dice que el problema no es la herramienta, sino el uso que se le da y lo respaldo, creo que nos hemos imbuido tanto en éstos, más allá de la utilidad que nos pueda generar, que se han convertido en distractores. Prendo la TV para no sentirme solo(a), lo mismo pasa con la radio, la grabadora o el computador, porque no soy capaz de estar un rato a solas conmigo mismo(a)m, porque le temo a la soledad o porque quiero evadirme de algo y soy un inepto(a) para pensar en otras cosas que no sean las populares o comunes; porque no me atrevo a coger un libro o revista -que no sea de superación o farándula por favor- y ver otras cosas que existen más allá de los medios, simplemente porque es aburrido, porque no tiene nada de interesante en parar por un momento a mirar eso que no he mirado tal vez en años o a escuchar lo que tal vez nunca he escuchado.

    Cuando leo escucho chill, jazz o clásica y sin embargo, aún cuando las melodías no tiene letra, es imposible no desconcentrarme de mi lectura y dejarme imbuir por la música, oír a Debussy, Tchaikovsky, Chick Corea y demás es para mí todo un deleite sensorial. El no tenerlos, significa para mí desconectarme de este mundo para pasar a otros y pensar en otros.

    Cuando fui a la Laguna de Guatavita en abril rodeada de todo ese verde, sin el sonido producido por la ciudad estaba sobrecogida al cerrar los ojos y no oír nada más allá de la inmensidad. Es un silencio realmente imponente y uno se siente una micronésima parte del universo. Tener eso es tener la posibilidad no solo de encontrarse a uno mismo sino de descubrir otras cosas, de despertar la sensibilidad, de abrirse al infinito y de ser conscientes de la plenitud y la totalidad de las cosas.

    Justo ahora, que escribo esto, recuerdo un post anterior que escribí hace mucho tiempo sobre el silencio. La verdad a mí el silencio no me molesta, por el contrario me agrada enormemente cuando es el perteneciente a la última categoría. Frente al silencio solo estoy yo conmigo misma sin posibilidad de escapatoria, tal vez una sola: el sonido.

    Cualquier cosa que sea ruido, cualquiera que sea con tal de que nos saque de ese insoportable silencio que nos aburre, cualquier cosa que nos distraiga, que sea entretenida o “interesante”.

    Ahora sé por qué la gente acude tanto a las discotecas, bares y paseos; y menos a teatros, museos y caminatas. Los primeros nos llenan de endorfinas que nos suben el ánimo haciéndonos olvidar casi de cualquier preocupación produciendo en nosotros excitación; los segundos por el contrario nos obligan a pensar más en la vida, la realidad y nosotros mismos y eso es justo lo que no nos gusta, lo que no queremos, lo que no sabemos hacer.

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    wilkommen
    Bienvenidos sean todos a mi casa, la que también es de ustedes. Pasen, sigan, siéntense o acomódense donde quieran, donde más les plazca. Eso sí, recuerden que ésta es la casa de una Bailarina, por lo que el espacio más grande, hermoso y agradable es el salón de baile. Ahí, es donde paso la mayor parte del tiempo, sola o acompañada, donde soy feliz.
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    Una negra disfrazada de blanca, gitana por azar, nueva economista, nostálgica, melancólica, irremediablemente terca, complicada y compleja, ambivalente, acuariana según el horóscopo, amante compulsiva del blues el jazz y el bossa, bailarina innata y bailarina de salsa casino, en exceso sensible, derretida por un chocolate y un vino tinto, cantante e imitadora por hobby y alguien que empezó hace algún tiempo a descubrir quién era en realidad....

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